“¡Diles que no me abduzcan!” Por Juan Rulfo y Chidoguán.

-¡Diles que no me abduzcan, Jorgoòn-5! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un reptiliano que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Xenu.

-No se trata de sustos. Parece que te van a desintegrar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu clon digital, ocupando un cerebro positrónico dentro de un sistema robótico. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por desintegrarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Jorgoòn-5. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Jorgoón-5 apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-Negativo.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Joòrgon-5 se levantó de la pila de litio en la que estaba sentado, recargando sus reservas, y caminó hasta el límite del campo de fuerza. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me abducen a mí también, ¿quién cuidará de mi fembot y de los nanobots?

-La Providencia 3.0, Joòrgon-5. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, inmovilizado por un cañón de gravitones, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de entrar en hiper-sueño un rato para apaciguarse, pero la cámara se había quedado sin ondas beta. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a abducir, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un androide reformateado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que desintegrar a don Lirzgo-el. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los reptilianos, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lirzgo-el Terreros, el dueño de la Puerta de Tannhaüser, por más señas su compadre. Al que él, Purzvo-4 Nava, tuvo que desintegrar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Tannhaüser y que, siendo también su compadre, le negó el paso a sus naves de fisión.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la expansión de la energía oscura, y que vio cómo implotaban una tras otra de sus naves de fisión y que su compadre don Lirzgo-el seguía negándole el generador de taquiones de sus supernovas, entonces fue cuando se puso a romper el campo de fuerza T y a teletransportar la flota de naves hasta el sector ZY7-X para que se recargaran de taquiones. Y eso no le había gustado a don Lirzgo-el, que mandó reprogramar otra vez el campo de fuerza T para que él, Purzvo-4 Nava, lo volviera a perforar. Así, al principio del hiperciclo se reprogramaba el campo y al finalizar el hiperciclo  se volvía a perforar, mientras las naves estaban allí, siempre pegadas a la puerta de Tannhaüser, siempre esperando; aquellas naves suyas que antes absorbían los taquiones sin ningún contratiempo.

Y él y don Lirzgo-el alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lirzgo-el le dijo:

-Mira, Purzvo-4, otra nave más que metas al sector ZY7-X y te la lleno de xenomorfos.

Y él contestó:

-Mire, don Lirzgo-el, yo no tengo la culpa de que las naves busquen la fisión. La tripulación es inocente. Ahí se lo haiga si me los llena de xenomorfos.

“Y me mató a toda la tripulación de una nave nodriza con xenomorfos.

“Esto pasó hace treinta y cinco hiperciclos, por marzo, porque ya en abril andaba yo por el sol rojo de la galaxia GH7-9, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez naves que le di al ciber-juez, ni el embargo de mi campo intrínseco para pagar la salida del planeta prisión de Fiorina 161. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi clon digital a este otro satélite mecánico que yo tenía y que se nombra Palo de Venado-9. Y mi clon creció y se casó con la fembot Ignacia-3000 y tuvo ya ocho nanobots. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien créditos quedaba arreglado todo. El difunto don Lirzgo-el era solo, solamente con su fembot y los dos androides todavía de combustión interna. Y la fembot pronto se reformateó  también dizque de pena. Y a los androides se los llevaron lejos, donde sus fabricantes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al satélite me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Purzvo-4.

“Y yo echaba pal lado oscuro del sátelite, entreverándome entre los reactores y pasándome los días comiendo verdolagas deshidratadas en cápsulas. A veces tenía que salir a medio ciclo, como si me fueran correteando los drones. Eso duró toda la vida . No fue un ciclo ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía Skynet; creyendo que al menos sus últimos ciclos los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar desintegrarse así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo orgánico había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos ciclos en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su fembot? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su fembot se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no teletransportarse a la base planetaria. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo desintegraran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado-9. No necesitaron congelarlo en carbonita para llevárselo. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía teletransportarse con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como achtnak seco, acalambradas por el miedo de desintegrarse. Porque a eso iba. A desintegrarse. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago artificial de polímero que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo desintegraran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a Purzvo-3 y no al Purzvo-4 que era él.

Caminó entre aquellos reptilianos en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento estelar soplaba despacio, se llevaba los asteroides  y traía más, lleno de ese olor como de orines que tienen la cola de los cometas.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los ciclos, venían viendo las nebulosas, aquí, sobre su cabeza, a pesar de la oscuridad. Allí, en esa nebulosa estaba toda su vida. Sesenta hiperciclos de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los reptilianos que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear del ciclo, en esa hora desteñida en que todo parece pixelado. Habían atravesado pisando los circuitos del reactor. Y él había bajado a eso: a decirles que el reactor estaba entrando en masa crítica. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el lado oscuro del satélite mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la fisión no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las ondas ultravioletas y las rayos no aparecían y los circuitos comenzaba a quemarse. No tardarían en  fundirse del todo.

Así que ni valía la pena de haberse teletransportado; haberse metido entre aquellos reptilianos como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la piel verdosa y agrietada; sólo veía su larga lengua, que se repegaba y se extendía. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las alargadas cabezas no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido en hipersueño.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras bases planetarias en medio de aquellos cuatro reptilianos oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi yautja, aquí está el terrícola.

Se habían detenido delante del boquete de la base. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál terrícola? -preguntaron.

-El de Palo de Venado-9, mi yautja. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en el planetoide LLV-223-volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Planetoide LLV-223? -repitió la pregunta el reptiliano que estaba frente a él.

-Sí. Dile al yautja que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Lirzgo-el Terreros.

-Que dizque si conociste a Lirzgo-el Terreros.

-¿A don Lirzgo-el? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya fue desintegrado.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que lo desintegraron -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado del campo gravitacional:

-Lirzgo-el Terreros era mi padre. Cuando salí de la etapa larvaria y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está desintegrada. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían inmovilizado con plasma, clavándole después un lightsaber en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron orbitando  un hoyo negro, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su fembot y a sus androides. Y después se desintegró.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo e inmovilízenlo un rato con gravitones, para que padezca, y luego desintégrenlo!

-¡Mírame, yautja! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en desintegrarme solito, derrengado de viejo. ¡No me desintegres…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, yautja. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta hiperciclos escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me desintegrarían. No merezco morir así, yautja. Déjame que, al menos, Xenu me perdone. ¡No me desintegres! ¡Diles que no me desintegren!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Inmovilízenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan las ondas Gama.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del cañón de gravitones. Había venido su clon Jorgoòn-5 y su clon Jorgoòn-5 se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del tauntaun. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuesen a caer las cenizas por el camino. Las metió dentro de un costal para que no dieran mala impresión. Y luego le hizo pelos al tauntaun y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado-9 todavía con tiempo para arreglar el velorio del desintegrado.

-Tu nuera fembot y los nietos nanobots te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te han comido los Shai-Hulud cuando te vean con esa cara tan desintegrada por tanto tiro de gracia como te dieron.