Día del Padre

Cuando tenía como ocho años, mis papás hicieron un intento de reconciliarse y volvimos a vivir todos juntos en Aguascalientes. Como se acercaba el día del padre, mi mamá me llevó a la comercial mexicana para comprarle un regalo a mi jefe (ya no me acuerdo si yo le pedí que fuéramos o fue idea de ella, la verdad). Yo estaba emocionado con todo el asunto, tal vez porque hacía mucho que no pasaba un día del padre con él. Escogí una loción marca Adidas que ya venía como envuelta para regalo (descansaba sobre una tablita cuadrada forrada de terciopelo negro y estaba envuelta en un plástico transparente con un moño encima). Cuando llegó el día, se lo entregué a mi papá pero él no lo quiso recibir: estaba convencido que mi mamá me había obligado a comprarlo, que a mí nunca se me hubiera ocurrido hacer algo así. Yo traté de convencerlo de lo contrario, pero no me creyó. Supongo que respondió así porque estaba siguiendo esa idea de que “el día del padre es un invento del capitalismo para hacernos gastar a lo pendejo, bla, bla, bla”. Lo peor del episodio fue cuando me llevó a devolver la pinche loción. Recibí el dinero completamente humillado y encabronado. Poco después la reconciliación valió madres, mis papás se separaron de nuevo y yo ya nunca le regalé nada ni en el día del padre, ni en su cumpleaños, ni nunca.